MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

CRÓNICA | Un día en la vida de una cortadora de limón

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  • Violencia, ingreso variable, jornada doble y niñez sin cuidados garantizados: el contexto que rodea la labor agrícola femenina en el sur de Michoacán

Los bajos salarios y las condiciones de inseguridad que se viven en la Tierra Caliente de Michoacán golpean a la clase trabajadora; tal es el caso de Doña Juana, de 68 años de edad y originaria de Apatzingán, que se dedica al corte de limón desde hace más de 40 años, misma que nos muestra cómo es su día a día como ama de casa y jornalera. Nos encontramos en su casa, ubicada en una de las colonias del municipio de Apatzingán, Michoacán; es domingo por la mañana y es día de ir al mercado a surtir lo necesario para la semana.

“Como no estamos asegurados, cualquier accidente que tengamos lo tenemos que pagar nosotros; a veces sí nos ayudan con poquito, pero no es mucho”.

“Para comprar el mandado de la semana necesito más o menos como 700 u 800 pesos porque todo está caro; compro dos kilos de frijol, dos de arroz, azúcar, huevo (cuando está barato, porque a veces llega a costarnos hasta 70 pesos el kilo), jitomate, cebolla y para lo que me alcance, ya sea un café o un té. También debo llevar la fruta y la jamaica para hacer los hielitos que voy a vender en la semana”, menciona Doña Juana.

Ella es una de tantas personas a las que no les alcanza lo que ganan como cortadoras y tienen que buscar alternativas para tener más ingresos; por eso vende hielitos en la huerta mientras está cosechando limón y, por las tardes, se dedica a vender productos por catálogo.

“Hay muchas veces que no podemos salir a trabajar porque se pone difícil por la inseguridad, y todo eso afecta a uno, porque a veces sólo trabajamos uno o dos días a la semana cuando las cosas están calientes y hay que pagar agua, luz, gas y, pues, la comida… Tengo años queriendo dejar de vender perfumes por catálogo, pero nomás no he podido porque no me alcanza, y ya a últimas fechas vendo hielitos en la huerta. Trabajo en la huerta en las mañanas y, en las tardes, me salgo a vender productos por catálogo”.

Al regreso del mercado, comienza a preparar los hielitos para que estén listos para la hora en la que se va a trabajar; después aprovecha que la tarde está nublada y sale a ofrecer perfumes: tópers, cremas y cosméticos a los vecinos. Son las 7:00 de la noche y es momento de regresar a casa porque, según lo que nos cuenta, no es muy seguro estar en la calle en la noche y, además, debe preparar todo lo necesario para el día siguiente.

“Me levanto a las 3:30 de la mañana a preparar el lonche; hago el lonche y nos arreglamos para estar listas para cuando llegan por nosotros. Después nos vamos, la cuadrilla completa, al monumento a comprar tortillas y pan; almorzamos y nos vamos a trabajar”.

Son las 8 de la noche y el único infante que está en casa tiene apenas ocho años y sabe que es hora de dormir, pues así lo ha hecho, según nos platica su abuela, desde que tenía un año de edad.

“Me la llevo a trabajar desde que está conmigo porque no tengo quién me la cuide y no me animo a dejarla sola; así que ella sabe que se tiene que dormir temprano porque mañana hay que estar lista bien temprano… Va a la escuela en la tarde, así que en cuanto llega se arregla para ir a sus clases, y como los maestros saben cómo vivimos, la dejan entrar”, menciona la hermana de Doña Juana, que también se ha dedicado toda su vida al corte de limón.

Por cuestiones lamentables, se hace cargo de su nieta desde que tiene un año de edad, pues nos cuenta que a su hija le arrebataron la vida injustamente.

Las horas corren mientras cenamos y nos cuentan cómo ha sido su vida. Son las 11 de la noche, horario en que acostumbran dormir, así que nos despedimos y nos vamos a dormir.

Entre las 3:15 y las 3:30 de la madrugada se empiezan a escuchar ruidos en la cocina; es Doña Juana, que está preparando el guisado que se llevarán para comer en la huerta. Mete los hielos a una hielera, acomoda su mochila, su gancho, su bolsa, llena las botellas de agua, se pone su ropa para trabajar y ya está lista para la hora en que pasen por ellas. A la misma hora se levantan la niña y su abuela para hacer lo propio. Nos tomamos un café mientras se reúnen todas las señoras que conforman la cuadrilla.

Son las 5 de la mañana; aún está oscuro, pero ya se observa el trajinar de las personas que van a los puntos de reunión para irse a trabajar. La cuadrilla de Doña Juana ya está completa; entre ellas se encuentra Doña Lupe, señora de 80 años que se dedica al corte de limón para poder comprar las medicinas de su esposo. “Su esposo se cayó hace años cortando limón y se fracturó la columna, y entre las cuadrillas nos cooperamos de a poquito para ayudar a Doña Lupe, porque si no, no completa. Como no estamos asegurados, cualquier accidente que tengamos lo tenemos que pagar nosotros; a veces sí nos ayudan con poquito, pero no es mucho”, menciona Doña Juana.

El acompañamiento de nosotros termina aquí. “No es seguro que nos acompañen a la huerta, porque a veces se ponen las cosas feas por donde andamos cortando. Nosotros ya estamos acostumbrados, pero ustedes no”.

Entonces nos cuenta cómo será su día. “Vamos a terminar de cortar como a las doce o una de la tarde y, a esa hora (si hay buena fruta), ya llevaré unas diez o doce cajitas; pero, si no está bueno, yo creo que entre unas siete u ocho cajitas voy a cortar. Más lo que venda de los hielos, ya me saldrá el día, porque la caja a veces nos la pagan bien y otras no tan bien”.

Este es el ritmo de vida de miles de michoacanos a quienes sólo les queda su fuerza de trabajo para vender; unos en el campo y otros en las fábricas, pero todos recibiendo salarios tan bajos que sólo les alcanza para sobrevivir y regresar al día siguiente a su misma jornada. Así como la nieta, también hay miles de niños que tienen que ir a trabajar desde muy temprana edad por las condiciones económicas de sus familias.

Michoacán es rico en recursos naturales y produce riqueza, pero, como acabamos de ver, la gran mayoría apenas sobrevive trabajando de sol a sol, lo que significa que la riqueza está concentrada en unas cuantas manos.

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