• En Jalisco más de 5 millones de personas sufren por agua contaminada y un déficit de 449 mil viviendas
El título es un grito de resistencia indígena del occidente del país contra la invasión española. La rebelión indígena contra la conquista en la Guerra del Mixtón fue encabezada por Francisco Tenamaxtle, guerrero indígena caxcán y señor de Nochistlán, en dicha batalla miles de hombres heroicos y decididos pusieron su vida por delante para defender a su pueblo de los abusos de los españoles que llegaron a invadir sus tierras y esclavizar por igual a mujeres, hombres y niños.
El agua contaminada con desechos fecales y el transporte público deshumanizante son formas de violencia; es la externalización de los costos de producción sobre el cuerpo y el tiempo del obrero.
Tenamaxtle vivió en carne propia los agravios cometidos por Nuño de Guzmán y su gente, cuando esclavizaron a más de 4 mil 500 personas. Mientras los españoles llegaban para robar la tierra y obligar a todos a trabajar para ellos como esclavos, los indígenas peleaban por defender su vida y sus recursos.
Lo que Tenamaxtle y su pueblo enfrentaron fue el inicio de un sistema donde unos pocos se hacen ricos a costa del sudor y el sufrimiento de la mayoría. Recordamos la grandeza de los antiguos mexicanos, hombres valientes y decididos a enfrentar cualquier dificultad.
Miguel León Portilla, destacado historiador mexicano, considera que la Guerra del Mixtón, "por sus alcances y fuerza, pareció ser un intento organizado de reconquista" por parte de diversos pueblos indígenas unidos bajo una misma causa.
Por ello, esta guerra y sus líderes representan uno de los esfuerzos más significativos por emancipar a las naciones originarias y recuperar lo que les había sido despojado: desde sus tierras hasta su dignidad. Fue un intento por expulsar a quienes pretendieron apropiarse de lo ajeno por un supuesto derecho de conquista.
Durante siglos se ha intentado sepultar la grandeza de los antiguos mexicanos, reduciendo su avanzada organización social a simples piezas de museo o folclor turístico.
"¡Axcan quema, tehuatl, nehuatl! (¡Ahora sí, tú o yo!)" es un grito de resistencia; recordarlo es reconocer que los pueblos no negocian su dignidad, incluso ante el costo más alto. Esta firmeza es un legado de valor que merece ser emulado.
Tal acción heroica le valió a Tenamaxtle ser conducido a España para ser "juzgado" por el Consejo de Indias. Esa firmeza de Tenamaxtle es el legado de lucha que hoy sobrevive, o debiera sobrevivir, en cada mexicano.
Somos herederos de una raza guerrera que se impone ante las adversidades, especialmente frente a aquellos que se consideraban nacidos para mandar y gozar de las riquezas obtenidas con el sudor y la sangre de los nativos.
Quizás lo que más hay que destacar es la lucha por la dignidad humana, esa que no se mendiga y por la que se lucha toda la vida, impulsada por la determinación de preferir morir antes que vivir en la esclavitud.
Nuestros antepasados combatieron con la idea de que no había nada que perder, pues de todos modos la vida y la libertad la tenían bajo el yugo europeo.

Pese a ello, la propaganda actual nos quiere hacer creer que los mexicanos de antes eran incapaces de enfrentar grandes retos. Buscan sembrar en lo profundo de nuestro pensamiento la idea de que somos inferiores, que no estamos capacitados para el pensamiento abstracto o los descubrimientos científicos, y que estamos condenados a producir sólo para alimentar la mesa de los extranjeros. Ni más ni menos.
A espaldas del imponente Teatro Degollado, en la Plaza de los Fundadores de Guadalajara, se erige la escultura de bronce de Tenamaxtle, obra de Luis Larios Orozco. Sin embargo, tras la reciente remodelación por la justa mundialista, el grito de guerra que acompañaba al caudillo ha desaparecido.
No es un descuido, sino un recordatorio de lo que el poder prefiere ocultar. Al omitir la proclama que definía su lucha, se intenta diluir la memoria histórica y despojar al guerrero de su carga revolucionaria, reduciéndolo de un símbolo de resistencia a un objeto contemplativo.
Esta neutralización busca sustituir la rebeldía por una identidad nacional dócil, funcional a los intereses del capital global. Históricamente, son las condiciones materiales de la clase trabajadora las que impulsan cambios radicales; cambios que deben traducirse en acciones precisas y materializarse en hechos contundentes. ¿Y cuáles son las condiciones materiales de la clase trabajadora en Jalisco? Veamos.
A principios de año, habitantes de más de 170 colonias del Área Metropolitana de Guadalajara (AMG) denunciaron la llegada de agua turbia y maloliente a sus hogares. De acuerdo con estudios realizados por especialistas de la Universidad de Guadalajara (UDG), el agua registra altos niveles de turbiedad, bacterias coliformes, parásitos, metales pesados, aguas residuales e incluso restos de heces fecales. Así como lo lee: ¡heces fecales!
Por ello, no resulta extraño el color "tejuino" que ha adoptado el vital líquido. El asunto es de vital importancia, ya que en el AMG vive el 60 % de la población jalisciense; más de 5 millones de personas comparten esta incertidumbre.
¿El responsable? El Sistema Intermunicipal de los Servicios de Agua (Siapa).
Sumado a la crisis del agua, la movilidad urbana presenta un panorama igual de crítico. De acuerdo con la Encuesta de Percepción Ciudadana "Jalisco Cómo Vamos", los usuarios califican negativamente el transporte público: el 58 % viaja apretado, el 45 % considera que las unidades están sucias o en mal estado, y cuatro de cada diez deben transbordar varias veces.
A esto se añade la excesiva duración de los trayectos, con trabajadores que pierden hasta tres horas diarias en traslados agotadores, reduciendo drásticamente su calidad de vida.
Esta asfixia en los servicios básicos se extiende también al derecho al techo; la crisis de vivienda evidencia una profunda brecha estructural: mientras el costo de los inmuebles se disparó un 138 % entre 2013 y 2024, los salarios apenas crecieron un 10 %, dejando la compra o renta fuera del alcance de la mayoría.

Acceder a una propiedad promedio de 1.83 millones de pesos requiere ingresos que sólo el 6.59 % de los trabajadores formales percibe, mientras que las rentas triplican el ingreso de quienes ganan salarios mínimos.
Esta precariedad se agrava con un déficit de 449 mil viviendas frente a 70 mil abandonadas por falta de servicios y movilidad, condenando a la clase trabajadora a vivir en condiciones de hacinamiento en las llamadas "casas huevito".
En definitiva, el sistema actual prioriza el lucro inmobiliario sobre la dignidad humana, perpetuando un modelo de "casas sin gente y gente sin casa".
Esta precariedad en los servicios más elementales —agua contaminada, transporte colapsado y vivienda inalcanzable— no es una anomalía del sistema, sino su consecuencia lógica y necesaria: bajo la lógica del capital, la vida del trabajador jalisciense es vista meramente como un insumo intercambiable.
Mientras los dueños del poder en el estado se jactan de un Jalisco "moderno" y "atractivo para la inversión extranjera", la realidad material para el trabajador es una bofetada constante a su dignidad.
El agua contaminada con desechos fecales y el transporte público deshumanizante son formas de violencia; es la externalización de los costos de producción sobre el cuerpo y el tiempo del obrero.
Para el Siapa y el Estado, invertir en infraestructura digna no es "rentable", pues su prioridad es garantizar el flujo de capital hacia los grandes desarrollos inmobiliarios y las zonas industriales de exportación.
Así, el trabajador de Tlajomulco o de las periferias de Zapopan se ve obligado a normalizar la enfermedad, el hacinamiento y el agotamiento crónico, aceptando una existencia reducida a la mera supervivencia biológica para que la acumulación de riqueza en manos de unos pocos no se detenga.

Esta es la esclavitud moderna, disfrazada de "oportunidad para todos", donde el látigo del encomendero ha sido sustituido por el recibo de un servicio que no sirve y el torniquete de un camión que despoja al hombre de su tiempo y su energía vital.
Ante esta ofensiva del capital que pretende convertir nuestra existencia en un despojo, la posición que debemos adoptar es la de la ruptura definitiva con la pasividad, emulando la intransigencia revolucionaria de Francisco Tenamaxtle.
Poner en primer lugar la dignidad del hombre significa rechazar la mediación de un sistema que nos pide "paciencia" mientras lucra con nuestras necesidades básicas; significa entender que el grito de "¡Ahora sí, tú o yo!" es el único lenguaje que entiende aquel que promueve condiciones paupérrimas.
No podemos ser herederos de una raza guerrera sólo de palabra mientras permitimos que nos arrebaten el derecho a un hogar digno, a un aire limpio y a una movilidad que no nos mutile el espíritu.
La verdadera dignidad humana se conquista mediante la organización consciente y la lucha colectiva, rompiendo el cerco ideológico que nos quiere dóciles.
Siguiendo el ejemplo del caudillo caxcán, nuestra tarea histórica es transformar la indignación individual por el recibo del agua o la renta impagable en una fuerza colectiva capaz de derribar el modelo que prioriza el lucro sobre el bienestar.
La libertad no se mendiga ni se espera de la buena voluntad de las instituciones; se arrebata con la determinación de quienes saben que vivir de rodillas no es vivir, y que la única paz verdadera es la que nace de la justicia social y el respeto absoluto a la integridad del ser humano.
Hoy más que nunca la lucha por la dignidad de la clase trabajadora sigue vigente. Y es obligación de quienes padecemos los males en carne propia ponernos manos a la obra en la construcción de una sociedad más justa y equitativa para todos, hasta entonces seguiremos en deuda con nuestros antiguos mexicanos que con su sacrificio nos heredaron un legado de lucha y resistencia. Sigamos su ejemplo, no los usemos.
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