MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

La feria de la unidad entre los pueblos

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Tecomatlán celebra una fiesta única hecha por el pueblo y para el pueblo donde la gratuidad no es un eslogan sino un principio de organización popular

Detrás de esta fiesta hay una estructura de organización popular que debería ser objeto de estudio en cualquier escuela de sociología o ciencia política. 

Arranca en Tecomatlán, en la Mixteca poblana, una de las ferias más singulares de México. No sólo es la espectacularidad de sus conciertos ni el renombre de sus artistas lo que la distingue, sino algo mucho más profundo: es una fiesta hecha por el pueblo y para el pueblo, sin fines de lucro, sin patrocinios gubernamentales y sin que el dinero decida quién puede entrar y quién no.

En un país donde la cultura y el entretenimiento se han convertido en mercancías cada vez más excluyentes, la Feria de Tecomatlán 2026 se presenta como una excepción que invita a la reflexión. Mientras que en otras ciudades las ferias son sinónimo de precios elevados, accesos restringidos y patrocinios que buscan recuperar cada peso invertido, aquí la lógica es otra: la gratuidad no es un eslogan, es un principio.

Detrás de esta fiesta hay una estructura de organización popular que debería ser objeto de estudio en cualquier escuela de sociología o ciencia política.

Durante todo un año, los tecomatecos, hombres y mujeres de a pie, estudiantes, amas de casa, campesinos, han trabajado de manera colectiva para reunir los recursos que permitan costear los más de 200 eventos que se desarrollarán durante ocho días.

Rifas, kermeses, faenas comunitarias, aportaciones voluntarias y hasta el apoyo de paisanos en Estados Unidos son las herramientas con las que este pueblo ha levantado una feria que, por derecho propio, ya es un referente nacional.

Pero lo más llamativo no es sólo la capacidad de convocatoria o la calidad de los espectáculos, que los hay, y de primer nivel, con artistas como Los Primos de Durango, Julio Preciado o El Yaki, sino el espíritu que anima todo esto.

En Tecomatlán, la feria no es un negocio. No hay taquillas, no hay apartados VIP, no hay acceso diferenciado por capacidad de pago. El pobre y el que tiene un poco más se sientan juntos, comparten la misma música, el mismo espacio, la misma alegría. Y eso, en un México tan desigual como el nuestro, es casi revolucionario.

Por si fuera poco, la feria es también una trinchera de resistencia cultural. En tiempos donde la globalización impone gustos homogéneos y desplaza lo local, aquí se rescata la cocina de la Mixteca con concursos de chilate, huaxmole o tamales de frijol. 

Se baila danza tradicional, se recuerdan las recetas de las abuelas, se honra lo que somos. No es folclorismo vacío: es identidad viva.

Y hay algo más que merece ser destacado: la seguridad. En un país atormentado por la violencia, Tecomatlán es un oasis. Sus calles tranquilas, su baja incidencia delictiva y la participación ciudadana en la vigilancia colectiva permiten que las familias lleguen, disfruten y se vayan sin miedo. Eso también es organización.

El quince de febrero, cuando las primeras comparsas recorran las calles y el olor a mole comience a impregnar el ambiente, habrá que recordar que todo esto es posible porque hay un pueblo que decidió no esperar a que el gobierno le resolviera la fiesta. 

Porque hay un movimiento, el antorchismo nacional, que ha enseñado que la cultura no es un lujo, sino un derecho. Y porque hay un ejemplo, pequeño en extensión pero gigante en significado, de que cuando la gente se une, puede construir realidades distintas.

Tecomatlán no es perfecto, ni pretende serlo. Pero lo que ocurre aquí entre el quince y el 22 de febrero de 2026 debería hacernos pensar: ¿y si en lugar de esperar que nos den, nos organizamos para hacer? ¿Y si la cultura volviera a ser de todos, y no sólo de quienes pueden pagarla?

Mientras eso ocurre en el resto del país, en Tecomatlán ya están bailando. Y la entrada es libre.

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