Mientras que en China, el 70 % de los jóvenes de entre diecinueve y 36 años ya son dueños de una vivienda, y más del 90 % de los que aún no cuentan con ella afirman tener la intención de adquirir una en los próximos cinco años (Portal digital Revista Tierra Bella, 25 de octubre 2025), en México prácticamente la mitad de los jóvenes de quince a 29 años de edad no tienen empleo (47.6 %), y el 26.1 % viven en una casa con rezago habitacional (Diario de Tabasco 17 de noviembre de 2025).
Las juventudes mexicanas no sólo padecen a temprana edad los estragos del desempleo y los bajos salarios, sino que se nos están enfermando de los males propios de los adultos tan pronto abandonan la adolescencia.
De acuerdo con la última Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), 14.5 millones de jóvenes de entre quince y 29 años de edad, (47.6 %) no desempeñaban alguna actividad económica al primer trimestre de 2025. Los datos indican asimismo que sólo la quinta parte de los jóvenes en México cuentan con estudios profesionales, y de acuerdo con la Comisión Nacional de Vivienda (Conavi), 9.8 millones de jóvenes del mismo rango de edad también conocido como “Generación Z” (26.1 %) viven hacinados en viviendas con diversas carencias.
Según el Inegi, los jóvenes también enfrentan mayor tasa de desocupación que el resto de la población: mientras 2.5 % de los jóvenes de quince años y más estaban en esa condición al primer trimestre de este año, entre los de quince a 29 la cifra fue casi el doble: 4.8 %. Además, un análisis de la Conavi indica que la población joven se ve obligada a vivir pagando renta, ante la imposibilidad de comprar una vivienda o acceder a un crédito hipotecario.

Esta difícil situación económica genera otro problema que afecta la salud y que los especialistas les ha dado por llamar estrés financiero, “es decir, constante angustia y presión ante una situación económica incierta” (El Economista, 7 de noviembre de 2025), al considerar insuficientes los ingresos “para pagar gastos básicos como renta, comida, transporte, tarjeta de crédito y algún contratiempo”.
La nota señala que 70 % de los jóvenes de entre dieciocho y 29 años viven con ansiedad sobre su situación económica, presionados por ingresos insuficientes, empleos inestables y un acceso temprano y poco acompañado al crédito. Esto significa que alrededor de 16.1 millones de personas, de las cuales 6.6 millones presentan un nivel alto y 9.5 millones un nivel moderado. Apenas uno de cada tres jóvenes reporta niveles bajos o nulos de preocupación económica.

Como podemos ver, mientras los jóvenes en China tienen acceso a una vida más estable y económicamente segura, las juventudes mexicanas no sólo padecen a temprana edad los estragos del desempleo y los bajos salarios, y como consecuencia no son sujetos de crédito para las instituciones financieras, sino que se nos están enfermando “de los males propios de los adultos” tan pronto abandonan la adolescencia. Ante esta situación ¿qué futuro les espera? ¿qué están haciendo las autoridades para proteger a las nuevas generaciones que serán o son ya los llamados a mover la economía de nuestra patria? Nada, simplemente se han conformado con las promesas vacías de “bienestar” pero que al no estar sustentado en un proyecto de país que les brinde la oportunidad de prepararse académicamente para incorporarse inmediatamente después a la planta productiva que les brinde un ingreso seguro y estable, el resultado es, como ya lo estamos viendo, simplemente desastroso. Y lo peor es que todo eso repercutirá en un México cada día más atrasado y peor desarrollado.

Lo anterior puede servir para entender por qué los intereses de poderosos sectores de la sociedad nacional y extranjera, grupos que detentan el poder económico y por consiguiente controlan los medios de difusión masiva y las redes sociales, aprovechando por un lado su justificada inconformidad y por otro su poca experiencia en la lucha política, han centrado su atención en los jóvenes para dirigir hacia ellos una agresiva campaña de ideologización que les permita manipularlos y hacerlos participar en movilizaciones que acarreen agua al molino de los intereses de los grandes corporativos, pero que no resuelven el desempleo ni los bajos salarios y mucho menos combaten la desigualdad social, sino que sólo los utilizan como carne de cañón para encumbrar en el poder a políticos radicales que van persiguiendo sus propias metas.
Por todo esto, es necesario y urgente que no sólo los jóvenes, sino todas las clases trabajadoras en su conjunto cerremos filas para construir la organización que habrá de transformar el México que necesitamos.
Ante un gobierno omiso que abandona a las nuevas generaciones a su suerte, es más urgente que nunca fortalecer los lazos de unión que nos haga capaces de tomar este país en nuestras manos para colocar en el poder a un representante de los trabajadores que defienda los intereses de su clase y no se deje guiar por intereses ajenos.
En estos tiempos que a muchos se les hace fácil pedir la intervención de fuerzas extranjeras para “poner orden en nuestra propia casa” recordemos que las grandes revoluciones han sido producto del trabajo y la lucha de quienes sufren las calamidades y las injusticias en carne propia, guiados certeramente por sus líderes; nunca ha sido una gracia o dádiva de algún redentor o iluminado.
Hoy por hoy, hay ejemplos claros como los que mencionamos al principio de este texto, que demuestran que el proyecto de nación que nuestra organización ha planteado desde hace más de 50 años es, además de perfectamente posible porque ya está dando resultados en otros lugares, es totalmente necesario y urgente.
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