Bajo el sol intenso del puerto, mientras cientos de Antorchistas avanzaban por la avenida Elías Zamora para exigir solución a las necesidades de colonias y comunidades, un grupo de jóvenes decidió protestar de una manera distinta: bailando.
Con vestidos que el tiempo y el uso han ido desgastando, con zapatos que ya cumplieron más funciones de las que deberían y sin un espacio adecuado para ensayar, las integrantes del ballet folclórico de la Casa del Estudiante Everardo Villalobos Luna llevaron su exigencia hasta las puertas del Ayuntamiento de Manzanillo.

No pedían escenarios monumentales ni grandes espectáculos. La petición era sencilla: vestuario, zapatos de danza y una techumbre que permita ensayar sin exponerse durante horas al sol.
Al frente del grupo caminaba y alentaba la maestra Miriam Sánchez, quien explicó que desde hace más de un año estas demandas forman parte del pliego petitorio entregado al Ayuntamiento, sin que hasta ahora exista una solución: “nosotros no estamos pidiendo lujos; estamos pidiendo zapatos y vestuario para nuestras niñas, un espacio donde puedan ensayar. La cultura también necesita atención”, expresó.

Pero detrás de esa petición hay una idea más profunda que el Movimiento Antorchista ha sostenido durante años: que la cultura no es entretenimiento secundario ni privilegio para unos cuantos, sino una herramienta para formar seres humanos más sensibles, disciplinados y alejados de problemas que golpean a la juventud.
Para Antorcha, invertir en cultura significa abrir caminos distintos a las drogas, la violencia y la desintegración social.
Y las jóvenes bailarinas han demostrado que su interés no depende únicamente del apoyo oficial. Durante meses han realizado actividades económicas, boteos en cruceros del municipio y distintas acciones para reunir recursos y mantener vivo el proyecto cultural.

Sin embargo, consideran injusto que mientras existen recursos para eventos públicos de gran escala y actividades políticas permanentes, grupos de jóvenes que dedican su tiempo al arte tengan que seguir ensayando bajo el sol y gestionando por su cuenta lo indispensable.
La escena de la protesta dejó una imagen difícil de ignorar: alumnas bailando sobre el pavimento caliente, sonriendo y manteniendo el ritmo mientras el calor caía sobre ellas. No era un espectáculo; era una forma de demostrar que el esfuerzo ya lo han puesto ellas.

En México, históricamente el presupuesto destinado a cultura ha representado una porción reducida del gasto público y en años recientes ha enfrentado ajustes y recortes presupuestales, situación que organizaciones culturales han señalado como un obstáculo para ampliar el acceso al arte y fortalecer proyectos comunitarios.
Por eso, para las jóvenes de la Casa del Estudiante, la exigencia sigue siendo la misma y tan sencilla como contundente: que también se invierta en cultura, porque cuando se apoya a un grupo artístico popular, no se financia un gasto, se construye una mejor sociedad.
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